POLICY & ECONOMY

¿John Drake es el asesino? Dc9 di Ustica: colpevole un pilota statunitense?




Esta es una historia real.

El piloto estadounidense John Drake se puso el casco blanco que llevaba su nombre impreso en el lateral, justo un momento antes de empezar las operaciones de despegue desde el portaaviones Navy Line. Era el 27 de junio de 1980. Los altos mandos militares de la NATO le habían encargado una misión muy delicada. El piloto tenía que perseguir y cazar un avión Mig de Libia que estaba sobrevolando las tierras de Calabria, la punta de la bota italiana. Italia después de la Segunda Guerra cuenta con muchas bases estadounidenses en su territorio. El cielo italiano que se refleja en el mar Tirreno aquella noche de junio se veía surcado por varios aviones americanos, por lo menos cuatro.
Drake era un piloto respetado a pesar de haber incurrido desde 1977 en varios accidentes en diferentes operaciones aéreas.

Un aéreo civil Dc-9 de la compañía Itavia con 77 pasajeros turistas que desde Bolonia se dirigían hacia el mar caliente de Palermo y cuatro tripulantes, vio que la vida podía cambiar en pocos segundos. El piloto se dio cuenta que algo se acercaba a su ruta, algo que iba muy rápido. Intentó cambiar su dirección de vuelo y casi lo logró. Los pasajeros siguieron las ordenes del comandante, se pusieron el chaleco salvavidas y se dieron cuenta de la tremenda virada del avión. Muchos de ellos gritaron. Eran las 20,59 cuando se escuchó una fuerte explosión, algunos pasajeros se vieron catapultados fuera del fuselaje mientras los otros tuvieron unos pocos segundos antes de acabar en pedazos diseminados por un radio de varios kilómetros en el Mar Tirreno.

En el mar junto a miles de fragmentos que flotaban siguiendo las corrientes se encontraron dos cascos. Uno blanco, con la placa de John Drake. Y otro casco verde DLA 100-78-c-0416 de fabricación estadounidense. La boya fabricada por la Hermes Electronic flotaba con los restos del Dc-9. Hacía parte del sistema de expulsión del asiento del piloto del avión americano.

En los minutos siguiente el espectro de la guerra y el pánico más absoluto golpeó fuerte en las neuronas de los mandos de la NATO y en los políticos de Italia. El comando dictó inmediatamente la orden de no difundir la verdad sobre el infausto accidente. Admitir el error significaría ofrecer al enemigo líbico y ruso unas informaciones estratégicas muy peligrosas que en plena época de guerra fría habrían podido desencadenar un nuevo conflicto mundial.

El Gobierno italiano siguió las ordenes de la Nato intentando encontrar una solución para enfrentarse a la opinión pública. Desde aquel día las teoría sobre la masacre del Dc-9 se han acumulado, añadiendo misterio año tras año y registrando numerosos actos de ocultación de pruebas por parte de las autoridades americanas.
Numerosos homicidios y accidentes misteriosos de altos cargos políticos y militares italianos llenaron las crónicas de los últimos 30 años. Todas eran personas que por su función podían tener informaciones peligrosas sobre la tragedia del Dc-9 de Ustica.

La justicia italiana y la política no encontraron la manera de contar la verdad. A cada paso se acerca, pero nunca se alcanza por completo.

Esta historia, así como la contamos aquí, es el fruto de las últimas revelaciones (aquí el diario La Repubblica las publica hoy 2 de septiembre) que se encuentran en los documentos secretos de las autoridades judiciarias italiana.
Por voluntad del Ejecutivo italiano actualmente en el poder se han liberado del secreto de Estado todos los documentos relacionados a atentados y masacres italianos que todavía no han encontrado solución.


ITALIANO

Questa è una storia vera.

 

Il pilota americano John Drake si infilò il casco bianco che porta il suo nome stampato sul un lato, appena un attimo prima di iniziare le operazioni di decollo dalla portaerei della Navy Line.

Era il 27 giugno 1980.

L’alto comando militare della NATO gli aveva affidato una missione molto delicata. Il pilota avrebbe dovuto inseguire ed abbattere un aereo Mig libico, che stava sorvolando la punta dello stivale italiano.
L’Italia dalla seconda guerra mondiale conta molte basi americane sul suo territorio.
Il cielo italiano quella sera giugno era solcata da diversi aerei americani, almeno quattro.
Drake era un pilota rispettato pur essendo stato protagonista dal 1977 di numerosi incidenti in diverse operazioni di volo.

Un aereo civile Dc-9 della compagnia Itavia con a bordo 77 passeggeri – turisti da Bologna diretti verso il caldo mare di Palermo – e quattro membri dell’equipaggio, si resero conto che la vita può cambiare in pochi secondi.
Il pilota si rese conto che qualcosa si stava avvicinando sulla sua rotta, qualcosa dannatamente veloce. Immediatamente cercò di cambiare la sua direzione di volo. La manovra disperata quasi era riuscita. I passeggeri seguirono gli ordini del comandante, indossarono il giubbotto di salvataggio e seguirono con il cuore in gola la tremenda virata. Molti di loro gridarono. Era 20.59 quando una forte esplosione li investì, alcuni passeggeri furono catapultati fuori dalla fusoliera, mentre gli altri contarono alcuni infiniti secondi prima di finire a pezzi sparsi in un raggio di diversi chilometri sul Mar Tirreno.

Insieme ai migliaia di frammenti la corrente portó alla luce due caschi. Uno bianco, con piastra di John Drake. Ed un altro verde con il codice 100-78 DLA-c-0416 di matrice americana.
Una boa prodotta dalla Hermes Eletronic galleggiava insieme ai resti del DC-9. Era parte del sistema di espulsione del sedile del pilota americano.

Nei minuti seguenti il panico assoluto e lo spettro di una nuova guerra colpirono duro i comandanti Nato e politici in Italia. La notizia si diffuse capillarmente. Il comando diede immediatamente l’ordine di non diffondere la verità. Ammettere l’errore significava dare al nemico libico e russo delle scomode informazioni strategiche molto pericolose, che al culmine della guerra fredda avrebbero potuto innescare un nuovo conflitto globale.

Il governo italiano ha seguito gli ordini della Nato cercando di trovare una soluzione per affrontare l’opinione pubblica. Da quel giorno le teorie sulla strage del Dc-9 si sono accumulate, aggiungendo mistero anno dopo anno e registrando un susseguirsi di depistaggi e occultamenti di prove da parte delle autorità americane.

Numerosi omicidi e incidenti misteriosi hanno visto come protagonisti esponenti politici e militari italiani negli ultimi 30 anni. Tutti erano testimoni scomodi, a conoscenza di dettagli importanti sull’accaduto.

La giustizia e la politica italiana non sono riuscite a far conoscere la verità. A ogni passo sembra avvicinarsi, ma non si è mai raggiunta.

Questa storia così come si racconta qui, è il risultato delle recenti rivelazioni presenti nei documenti segreti dell’Autorità Giudiziaria italiana (il giornale La Repubblica li pubblica oggi 2 di settembre). Per volontà dell’Esecutivo italiano attualmente i documenti sulle stragi non sono più coperte dal segreto di stato.

 

 

Leggi qui il Memoramdum sulla strage del Dc-9 di Ustica (Lee aquí el Memoramdum sobre la masacre del Dc9 de Ustica)

 

 

Apuntes desordenados del memorandum:

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Las muchas teorías sobre la masacre
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Continua el misterio del dc9 de Ustica
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se acerca la verdad
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